“El cierre de una linda carrera tiene que ser algo feliz, porque es un momento de alegría y quiero cerrarlo con un moñito rojo; no veo la hora de que pase”, le decía la primera bailarina del Teatro Colón, Silvina Perillo, a su amiga, mientras desempacaba sus pertenencias en el camarín. Era un domingo 8 de septiembre a las tres y cuarto de la tarde; en poco menos de dos horas empezaría la función de Don Quijote, el cierre, su última Kitri, su despedida del Teatro Colón.
La nostalgia inundaba su ser y una sonrisa bailaba en su rostro al compás de sus ojos. Elongando en el piso y con ayuda de una silla para estirar aún más las piernas, recordaba aquel 7 de agosto de 1975 cuando entró por primera vez al estudio de Wasil Tupín y Mercedes Serrano, lugar al que llegó por la recomendación que el portero del teatro le había hecho a su madre.
-Ellos me educaron con el ejemplo, me inculcaron que hay que trabajar diariamente y la importancia de la humildad porque, me recordaban, en esta carrera siempre se está aprendiendo. Me formaron para estar en el lugar en el que estoy, son los que marcaron mi técnica, mi forma de bailar, mi seguridad en el escenario, todo.
Gracias a ellos, con sólo 10 años de edad, participó en Isadora, la obra de Maurice Bejart, que en ese momento estaba protagonizada nada más ni nada menos que por Maya Plisetskaya, a quien admiraba descomunalmente.
Ya con 45 años, “desde que entré al Ballet sabía que este año iba a ser mi retiro”.
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Chassé, plié, passe, glissade, jeté, quinta posición, cuarta de brazos son algunas de las palabras o frases que se pueden escuchar en una clase de danza clásica. El ballet tiene sus orígenes en la Francia del siglo XVII como consecuencia de las excentricidades del rey Luis XIV. De ahí que su vocabulario reside en el idioma francés.
Requiere del control absoluto del cuerpo, así como también de una disciplina totalmente comprometida, concentración y actitud. La exigencia física abunda en su contenido, por eso es recomendable empezar con esta técnica desde una edad temprana.
Se combinan movimientos de manos, brazos, tronco, torso, cabeza, pies, rodillas; todo el cuerpo en una conjunción simultánea de dinámica muscular y mental que debe expresarse en total armonía. Desplazamientos, saltos, levantadas, simples pasos, equilibrios, elevaciones y contracciones musculares actúan entre sí.
Con el correr de los años se fueron ramificando nuevas escuelas que se vieron influenciadas entre ellas con ínfimas variaciones técnicas en sus pasos: la italiana, la danesa, la rusa (con la técnica Vaganova), la americana, la cubana, son algunas de las más mencionadas en el mundo de la danza.
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Lucía era una bailarina de ballet de 20 años de edad. Hacía sólo unos meses había entrado a una compañía en Rosario, su ciudad. Las audiciones para los personajes estaban cerca. Este año presentarían La Bayadera, y ella estaba decidida a interpretar a Nikiya, la principal.
Alta, muy alta, de torso amplio y cabellos rubios, se había estado formando con distintos maestros a medida que la pubertad la alcanzaba. Su educación secundaria había sido trasladada a un segundo plano a escondidas de sus padres. Nadie entendía bien cómo, pero ella había decidido rendir todas las materias libres sin comentarlo en su casa. Hasta el día de hoy, aún debe cinco; pero la tiene sin cuidado. Su objetivo se centraba en conseguir el papel.
Según la Escuela Psicoanalítica, uno atraviesa un largo proceso de búsqueda del deseo cuando debe decidir qué hacer con su vida. Ese deseo puede satisfacerse con la combinación de aptitudes, actitudes e intereses. Cual libro de receta, la combinación de estos tres ingredientes permiten tener como resultado una decisión propia a la hora de elegir una vocación.
Lucía había empezado sus estudios a los 8 años, sin dudas tenía técnica; se había formado en ese ambiente, por lo que sabía perfectamente cómo moverse; y su pasión por el cuerpo en movimiento crecía cada vez más: posters de bailarinas, obras clásicas para escuchar en su celular, videos de distintos ballets guardados en la pestaña de Favoritos de su computadora y horas y horas de clases particulares. Ella era la mejor.
Justo cuando creía que nada ni nadie se interpondría en su camino, una de sus compañeras confiesa que también quiere desempeñarse en el rol de Nikiya. Una contrincante alta, aunque no tanto como ella, de proporciones más chicas, huesos aparentemente más pequeños. La veía ensayar y sus nervios cobraban vida propia. No podía soportar ver como otra persona bailaba su pieza. Lo peor de todo, era talentosa.
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Silvina Perillo realizó toda su carrera artística en el Teatro Colón. Se destacó en casi todos los papeles de las obras clásicas y neoclásicas. La invitaron a bailar en diversas galas internacionales y festivales, como el de La Habana y Miami. Desde 1994 hasta hoy, se consagró como primera bailarina en todos sus roles.
Siempre se la destacó por su frescura, humor y humildad. Muy querida por sus compañeros, se dedicaron organizarle una gala homenaje en el ND Ateneo para despedirla como una gran bailarina se merece: bailando, pero esta vez, sólo para ellos. Le tocó acompañar con su cuerpo la melodía del tango Se dice de mí, por Tita Merello.
Perillo tenía vocación. Nunca dudó sobre su futuro. Ella sabía desde los diez años que sería bailarina. Vivía para eso y por eso.
-Siempre soñaba con ser “bailarina del Colón”, no quería otra cosa. Para mí el teatro era mágico, y así lo sentí cuando entré al Ballet. Había respeto, había una mística.
Desde sus comienzos, la primera bailarina había sido reconocida a nivel nacional e internacional de distintas formas. En los noventa ganó la medalla de oro en el Primer Certamen Latinoamericano de Buenos Aires y la medalla de bronce en el New York International Ballet Competition. En el 99 se la consagró con el premio “Mujeres Atrevidas” y el “Konex” al mérito: se la había elegido como una de las cinco mejores bailarinas de la década.
Las compañías extranjeras no tardaron en notarla. En el año 2002 fue invitada a participar en el Festival Internacional de la Habana para bailar el Don Quijote completo junto al BNC. Asimismo, estuvo como primera bailarina en diferentes países de América y Europa.
Ese mismo año, todos los cronistas argentinos especializados en danza clásica le otorgaron el premio a la Mejor Figura de la Danza.
De ahí en adelante, continuó siendo reconocida e invitada por grandes compañías internacionales como el Richmond Ballet, y galardonada con innumerables premios.
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Existen distintos tipos de ballet. Uno de ellos es el Romántico. Centrado en un amor inalcanzable, no correspondido, en el que lo imaginario y lo sobrenatural toma protagonismo en reinos lejanos. La imagen pasiva se convierte en un objeto idolatrado para los románticos empedernidos. Para representar estas obras se utilizaba el tutú romántico, lánguido y largo, a veces, podía llegar hasta los tobillos; dando una sensación de sencillez y añoranza. Más adelante, gracias a las obras de Edgar Degas, surge el tutú Degas, el cual no pasaba la línea de las rodillas. En el estilo romántico aparecen obras como "La Sylphide" y "Giselle".
Por otra parte, está el Ballet Clásico. En él se refleja la extravagancia de las cortes imperiales. Su finalidad principal es resaltar la perfección, la técnica exquisita. Las bailarinas tienen un aspecto rígido, casi como estatuas. Se visten con tutú clásico o plato. Las coreografías se dividían en tres etapas: el pas de deux o adagio, las variaciones solistas de los bailarines principales y el pas de deux final o coda. Entre las obras de ballet clásico se encuentran "Coppélia", "La Bella Durmiente", "El Lago de los Cisnes" y "El Cascanueces".
Finalmente, se encuentra el Ballet de Diaghilev. Este estilo fue inventado por el ruso Mikhail Fokine que colaboró con Sergei Diághilev, un coordinador de músicos, coreógrafos, compositores y diseñadores con los que creaba obras maestras. Este estilo es menos rígido, son de un solo acto y utiliza hombres y mujeres por igual. Famosas representaciones del estilo de Diaghilev son "Petrushka", "Les Sylphides", "Le Spectre de la Rose", "Firebird", "El Rito de la Primavera" y "L'Après-midi d'un Faune".
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Lorena estaba llegando a su cuarto de siglo y hacía tres años atrás equipó una de las habitaciones de su casa con barras y espejos para poder dar sus propias clases de danza. Había hecho el magisterio en la Escuela Nacional de Danza N°2 “Jorge Don”. Una vez recibida, a los 18 años entró al Instituto Superior de Arte del Teatro Colón. Su intención era perfeccionar su técnica y, así, ingresar al ballet estable.
Los primeros meses de clases fueron agobiantes, y más aún porque ella estaba en el CBC para la carrera de Comunicación Social. Para los papás de Lorena, obviar los estudios universitarios no era una posibilidad. Necesitaba “asegurar su futuro”, pero ella tenía sólo dos cosas en su cabeza: el escenario y bailar. De trabajar, ni hablar. No había tiempo para eso, apenas sí para el estudio.
Las exigencias físicas no aflojaban, al contrario, aumentaban clase a clase. La lucidez mental estaba abocada en sus apuntes: páginas, páginas y más páginas de Sociedad y Estado, Marx, Historia de la Civilización, Psicología y algún que otro tema más. Estaba agotada. Sin embargo, tenía que hacer las dos cosas. Una era obligación; la otra, pasión.
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Lucía era también una aficionada a la lectura, y como su hermana era de coleccionar libros, cada tanto agarraba uno de su biblioteca para distraerse. Necesitaba sacarse de la cabeza a esa Nikiya de segunda. Tenía que abandonarla para crear la suya, una mejor.
Empieza a rastrear las estanterías hasta que se encuentra con “Cielo Latini, Abzurdah” –la última palabra en un rojo furioso-. Una “Z” y una “H” en donde no tienen que estar, ¿por qué? Un sacapuntas con sangre decoraban la tapa, y la palabra, “absurda”, le recordaba indefectiblemente a su contrincante. Ya está, ése era.
Trescientas páginas que devoró en un día. Una adolescente que en su infancia había sufrido por estar excedida de peso, se había convertido en un híbrido entre la anorexia y la bulimia. Enamorada de un Alejo un tanto mayor, se inmerge en una psicosis incomprensible, drogas, auto-flagelaciones e intentos de suicidio. El testimonio de una autora que experimentó el mismísimo infierno pero que, aun así, vive.
El libro estaba lleno de detalles, muchos detalles y muy descriptos, quizás demasiado. “Ella vivió, se curó”. Apenas guardó el libro, su mente le personificó a Nikiya. Su cara estaba ahí, pero su cuerpo era el de su adversaria. Sabía que no podría encoger su tamaño, pero el leve (muy leve) exceso de grasita que aparecía debajo de su ombligo podía desaparecer. No estaba gorda, y mucho menos loca.
-A mí no me va a pasar eso. Puedo vomitar después de comer hasta bajar un poco de peso, después, paro sin problemas.
El comedor estaba en la planta baja; el baño, en el primer piso. Sus papás no se iban a enterar.
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Todavía faltaba una hora para dar sala y Silvina quería ver el gran escenario desde el último asiento de la platea. Las butacas, los palcos, las arañas de luces, el telón, todo le hacía recordar a sus primeros días en el Colón. Imaginaba la sale repleta de gente y el comienzo del primer acto. La primera bailarina estaba saliendo a escena por primera vez. Un Colón en el que “se respiraba magia e historia, el saber que estaba en un lugar donde habían actuado los grandes.”
Según Rodolfo Bohoslavsky, uno de los autores intelectuales de la modalidad clínica en orientación vocacional, detrás de cada sí hay un no. Sentada al borde de la sala, Silvina creaba una hija que nunca había llegado. La pequeña estaba en la primera fila con su rodete bien peinado viendo bailar a su mamá y, al terminar la función, ella, desde el escenario, le tiraba un beso que la niña recibía con mucho amor.
Ella y su marido querían tener hijos, pero ambos sabían que con una bailarina profesional de por medio eso sería imposible. La danza era toda su vida y José Luis Fiorruccio, diseñador de iluminación de más de 55 óperas y 35 ballets formado en el mismo Teatro Colón que su mujer, era el mejor para entenderlo. La pareja creció en ese escenario, su mentalidad estaba entrenada. Habían tomado una decisión.
Silvina se puso de pie mientras la función se desvanecía junto con la gente y su nena, y retomó el camino de vuelta a su camarín. En treinta minutos se daría inicio a su última función. Tenía que hacer los estiramientos finales. Con una tristeza imperceptible, otros recuerdos la alcanzaron: el cierre del teatro en el 2006 la acechaba y, con él, los peores momentos. Las refacciones se tomaban con poca seriedad. Debido a la reducción de personal, gente muy valiosa quedó fuera del staff, profesionales de largos años; eso le había dolido mucho. Salas históricas de ensayo habían sido arruinadas. Los pisos fueron modificados y reemplazados por otros que no eran los más adecuados para bailarines. De las tres salas que disponía el Ballet Estable para sus ensayos, solo una, la 9 de Julio, quedó en excelente estado; las otras dos, inutilizables. Bajaron en techo de “La Rotonda” con paneles aislantes para que no se filtre el sonido de los músicos afinando sus instrumentos en el piso de arriba. “Reforma” totalmente innecesaria y vana; “se escucha exactamente igual y ya no podemos hacer más levantadas”. La última, “La Filarmónica”, quedó inutilizable por no poder realizar saltos en el piso nuevo.
-Antes éramos como una gran familia, nos conocíamos todos, desde el utilero, el de maquinaria, el de iluminación, el que te alcanzaba una guitarra. Ahora entrás y no conocés a nadie.
El ISA (Instituto Superior de Arte) también desapareció del Teatro; ahora se cursa en edificios externos.
-En mis épocas del Instituto teníamos los salones dentro del teatro. Nos cruzábamos en los pasillos con los bailarines de la compañía y, para nosotros, ¡eso era grandioso! El estar en contacto con los bailarines profesionales es parte de la formación.
Con respecto a los directores de turno del Teatro, en varias ocasiones parecían valorar más a los artistas que triunfaban en el exterior que a los de su propia casa.
El Colón se veía y se sentía otro. “Aunque en el momento en que se abre el telón todos tratemos de ir para el mismo lado, antes había más mística y respeto”.
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En las clases de Psicología había un chico que no paraba de mirarla y, a Lorena, ya le empezaba a gustar. Cuando llegó la hora de volver a casa para algunos y de prepararse para ir al instituto para ella, se escucha: -Soy Axel-. Al levantar la mirada encuentra una par de ojos verdes queriéndole hablar. Lorena le devuelve la presentación y le explica que se tiene que ir mientras abandona el edificio con una sonrisa en la cara.
La clase de danza la agarró un tanto dispersa. Había dormido poco por quedarse estudiando y el nombre Axel bailaba en ecos en su cabeza. Por fin se terminaba el día, y cuando prendió la computadora en su casa: “Axel Coval te ha enviado una solicitud de amistad”. El nuevo fenómeno del Facebook estaba rindiendo sus frutos. El botón de confirmar no se hizo esperar.
Axel y Lorena empezaron a salir al poco tiempo. La dedicación al estudio y a la danza debía racionar sus porciones para donárselas al novio. Las calificaciones empezaron a decaer, al igual que sus ganas en las clases del instituto. Notaba que se estaba estancando en la técnica. Los reproches por parte de sus padres la alcanzaron sin titubear. Las ausencias comenzaron a ser muy comunes en las clases de ballet por parte de la joven estudiante, hasta que no hubo otro remedio más que abandonar el ISA y tomar clases de forma no tan constante. Sus notas empezaron a subir y la relación con Axel creció.
Hoy, Lorena es licenciada en Comunicación Social y Axel, en Psicología. Ambos viven juntos. Ella da clases de danza en su casa a iniciales y él tiene su consultorio. Luego de largas conversaciones, están buscando su primer hijo.
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En 1832, un acontecimiento inesperado en la Ópera de París revolucionaría el mundo de la danza. Marie Taglioni sería la primera bailarina en subirse a la punta de sus pies para bailar. Su padre, Filippo Taglioni, le había creado unas zapatillas especiales para aguantar el peso de su cuerpo sobre la yema de los dedos de sus pies en el ballet “La Sylphide”. Así nacieron las chaussures de pointe (zapatillas de punta).
Las puntas son zapatillas especiales que las bailarinas comienzan a usar cuando poseen la fuerza requerida en los músculos del pie y la pantorrilla. Al principio, sufren de un intenso dolor en los dedos y articulaciones, pero con los años van adquiriendo mayor fuerza y conocimientos que hacen que sus pies se fortalezcan y acostumbren a esta nueva técnica.
Los ejercicios en la etapa inicial de las puntas son simples, limitándose a hacer relevé (pararse sobre las puntas de los pies) y siempre con la ayuda de la barra. Una vez superada esta instancia, empiezan los pasos más complejos, como piruetas y saltos sobre las puntas.
Existen diferentes tipos de zapatillas de punta, que provienen de distintos lugares del mundo. Rusas y estadounidenses son las más conocidas. Cada zapatilla se adapta a las distintas necesidades y capacidades de las bailarinas, como el arco, la fuerza del empeine, la flexibilidad del pie, entre otras.
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El día de la audición llegó y hacía dos meses que Lucía ingería líquidos y vomitaba lo que comía. Había bajado de peso, sí, pero su piel era tan blanca como su malla y su aspecto, tan frágil como la figura de una bailarina de porcelana. Ella fue la primera en llegar. La segunda no podía ser otra que su rival. Muy predecible, casi obvio. A pesar de ser la única en el vestuario, ni la registró. Eso a Lucía la sacaba de sus cabales. La miraba de reojo mientras ella sacaba el uniforme de la compañía de su bolso con indiferencia. Casi sin avisar, “la otra” se aleja para ir al baño, dejando sus zapatillas de punta sobre la silla. El par estaba ahí, llamándola. Nunca se habría imaginado encontrándose en una situación como esa, pero no lo dudó. Rápidamente agarró dos agujas que tenía guardadas para cocer su vestuario y colocó una dentro de cada zapatilla. No habría forma de que pueda ganarle.
El resto de los compañeros cayeron al lugar uno por uno. Lucía no se estaba sintiendo bien y tenía hambre. Mucha hambre. Su estómago sonaba y no la dejaba concentrarse. El momento de entrar al salón había llegado. Ya con la vista algo borrosa observa a la segunda Nikiya tomar sus zapatillas y dirigirse al gran salón. Inmediatamente se lanzó tras ella, no quería perderse el momento en que se calzara esos afilados metales. Al levantarse con velocidad sintió un mazazo en la cúspide de su cabeza. Comenzaba a marearse y su vista seguía nublándose, pero la verdadera ceguera era su ambición.
La vio prepararse en el piso para ponerse las zapatillas. La primera aguja falló en su misión cayendo al suelo y la segunda la retiró con la mano después de encontrarla al acomodar la puntera. Lucía estaba un cien por ciento desconcertada. Aún no lo podía creer. ¿Cómo pudo? Dos oportunidades tenía. Ninguna acertó. La rabia y el calor usurpaban su cuerpo de pies a cabeza. Una presencia fantasmal oprimía su pecho y no la dejaba respirar. Sus tripas bailaban la jota aragonesa en la zona abdominal, los brazos era receptores de una electricidad impresionante con una serie de calambres. “La otra” se paró sobre sus puntas como si nada y Lucía, sin poder retenerlo, dejó escapar un grito desgarrador que confesaba su crimen por sí solo. Inmediatamente, se desmayó.
Horas más tarde despertó en un hospital. No sabía cuál. Su mamá estaba dormida a su lado y se hermana acababa de entrar en la habitación. Nikiya tenía un cuerpo y un rostro, y ninguno era el de ella.
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Eran las cinco y cuarto de la tarde. Los bailarines estaban en sus puestos, las luces de la sala completamente apagadas y ni una butaca vacía. Entre el público estaban Lucía, en proceso de recuperación, y Lorena con Axel, que había ido obligado. $620 habían salido sus entradas, pero valía cada centavo y cada gota de sudor para recaudarlos.
Ambas se imaginaban al Quijote confundiéndolas con la deslumbrante Dulcinea. La rosarina había abandonado la compañía porque sus huesos habían perdido la fuerza suficiente como para romperse ante cualquier golpe brusco.
La plaza y la taberna del primer acto estaban en escena, Silvina esperaba tras bambalinas mientras besaba sus manos, su esposo estaba en el palco controlando que las luces la siguieran a la perfección. El escenario se iluminaba y el telón comenzaba a subir. Las palpitaciones aumentaron. Aplausos y ovaciones bañaban el Teatro Colón. Kitri salía a escena con una sonrisa, su abanico, corsé negro y tutú degas con volados amarillos. A Lucía se le escapaba una lágrima por libertad condicional, Axel se sorprendía por la puesta en escena y Lorena le dirá esa noche a su novio que está embarazada.
Consulta profesional: Alexander Covalschi
A veces necesitamos traducir en letras aquellos bocetos indefinidos de ideas que vagan en nuestra cabeza, por eso quiero compartirte mi espacio de escritura e invitarte a leer. Está permitido criticar u opinar, quiero crecer.
viernes, 6 de diciembre de 2013
miércoles, 27 de noviembre de 2013
Gay Relax
Lucas es un joven de 18 años recién alcanzados,
residente en Tucumán. Dos días antes de su cumpleaños decide confesarle a su
familia que es homosexual .Aún en su estado de shock, su madre le organiza un
viaje “completamente gay”. Homosexualidad al mil por ciento.
Como Lucas siempre quiso conocer Buenos Aires, ése
sería su destino. Lo único que había que hacer era buscar lugares gay en Google y posteriormente entrar a bagaytravel.com, hacer click en Gay Hotels y Gay Hotels Buenos Aires. Abandonando una larga lista de hoteles gay
friendly, deja ver su nombre un hostel: Lugar
Gay. Inconfundible, accesible, en San Telmo. Fue así que en octubre del
2013 emprendió rumbo al barrio más añejo de la Capital. Cuna de artistas,
artesanos, casas de antigüedades y diferentes actividades culturales.
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“Porque ser friendly no es suficiente…” es el leitmotiv
irremplazable de este hotel. Inaugurado como tal en el año 2001, anteriormente
se trataba de una sociedad civil con actividades orientadas únicamente a la
comunidad gay. Talleres de teatro, danza, lectura, y terapia de grupo eran
algunas de las que aparecían en la agenda. Con el correr del tiempo los grupos
fueron reduciendo su tamaño hasta disolverse. Era momento de encontrar una
nueva función. Teniendo en cuenta la estructura, la demanda comercial, y
aprovechando el movimiento turístico fue que surgió Lugar Gay.
Construido sobre Defensa al 1120 entre negocios con
jarrones, adornos dorados y antiguos, con familiares de diplomáticos como
vecinos; tiene su par de puertas en un color opaco y lleva la inscripción “LGY”
con un triángulo multicolor sobre la última letra. Desde la calle se ven los
balcones de las habitaciones repartidos en dos pisos. En uno de ellos flamea la
bandera del orgullo gay.
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Una noche o veinte
días son los que pueden permanecer los huéspedes. Definitivamente, serían
veinte. Después de hacer la reserva telefónica, el viernes 11 de octubre a las
tres y media de la tarde, Lucas estaba en la puerta de su paradero. Al tocar el
timbre y esperar un minuto a recibir respuesta, puede oír -¿Hola?-. Una vez que
suena la chicharra, abre la puerta. Frente a él se posan largas escaleras que
doblan a la derecha y parecen no terminar. Al lado y en la mitad hay una
escultura de una pareja masculina bailando, tal vez, tango.
Terminadas las escaleras se encuentra con una
habitación rectangular que podría servir de living, otra escalera por la cual
se sube a las habitaciones, algunas sillas y una computadora. Más atrás, la
cocina/recepción. Ahí estaba Daniel, el encargado del turno tarde.
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El hotel pretende
crear un clima informal, de amistad en el que se fomente la camaradería, el
encuentro y el intercambio entre todos los que comparten el hospedaje, ya sean
anfitriones o huéspedes. Su propósito es recibir y albergar en la ciudad de
Buenos Aires a aquellos hombres homosexuales que la visiten por razones turísticas, de trabajo o de
militancia política y social. Su capacidad es de 20 personas que se dividen en
8 habitaciones. Según la preferencia del visitante, puede ser compartida o no,
con baño y ducha privada o, al igual que la anterior, compartida.
Respetando la
tradición, cuando aparece el calor, el asado rutinario cada 15 días arde en las
brasas del último piso.
En su generalidad,
los viajeros que paran en Lugar Gay son mayores de treinta años. Aunque a veces
aparecen chicos mucho más jóvenes. Daniel resalta la diferencia en la
mentalidad entre las edades. “Los más grandes buscan gente con la cual
divertirse, los otros son gays que vienen en plan de fiesta y joda. Buscan
alcohol y la gente con la que se divierten es consecuencia de eso”.
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Del otro lado del
mostrador había dos mellizos jóvenes con una pareja heterosexual unos años
mayor a ellos. El primer dúo había llegado al último día de su viaje y eran los
padres quienes fueron a buscarlos. Después de contar sus aventuras y
ocurrencias insistían en que los segundos se quedaran para experimentar en
carne propia lo que habían vivido. Totalmente relajados, el matrimonio
manifestaba su entusiasmo a la hora de satisfacer el deseo de sus hijos y
fueron ellos los que empezaron a suplicar.
Sin embargo, las
reglas del hotel indican que bajo ningún punto de vista puede alojarse a una
mujer. El único requisito para pasar la noche en Lugar Gay es ser hombre. “Mis dos hijos son desviados, no me asusta nada”, dice la madre. Pero el
dueño es muy estricto en ese sentido. No existe punto de inflexión. Incluso le
desagrada el simple hecho de que entren al edificio. Daniel cree que es una
actitud descortés. Permite su ingreso y acto seguido explica el motivo por el
cual no se pueden quedar. El nudismo libre en las instalaciones del hotel
pretende expresar un sentimiento de libertad. La presencia de una persona del
sexo opuesto puede llegar a ser motivo de inhibición e incomodidad por parte de
ambos géneros. De esta forma, se optó por huéspedes de sexo masculino.
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El dueño del hotel es un hombre
entrado en años. La homosexualidad no impide la fortaleza. Fue militante de la
comunidad gay en las épocas más duras para ellos. Asume su condición sexual
como un estilo de vida e invierte sus fuerzas en él desde su juventud.
Perseverante y firme en sus decisiones exige respeto. Él puso la bandera del
orgullo gay en el balcón y él se encarga de que ahí se mantenga. Emprende
viajes en los que busca nuevas ideas para su hotel. En uno de sus viajes a
Polonia fue que descubrió su eslogan.
Por otra parte, es
psicólogo. En su edificio organiza grupos de ayuda para personas de la
comunidad que hayan sufrido (sea cual fuere el motivo) al momento de admitir su
condición sexual, y otro para mayores de cincuenta años que se hayan asumido
luego de esa edad. En su mayoría, asisten hombres que han tenido conflictos en
el ámbito familiar. Les brinda apoyo y contención emocional.
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Con el correr de los
días empiezan a aparecer nuevos personajes. El público del hotel cambió
notablemente en los últimos dos años. Hasta entonces era muy común compartir
los pasillos con europeos. Había actividades y salidas en grupo en pos de la
unión. Parejas de recién casados festejaban su luna de miel. Ahora los
huéspedes suelen ser estudiantes u hombres de trabajo. Las parejas están
prácticamente en extinción. Cada uno pasa el tiempo en su habitación. Los
pasillos se convierten en cualquier calle porteña: la gente camina una al lado
de la otra, pero no se ven. Las actividades de integración perdieron su magia.
Las fechas festivas conservan siempre las mismas caras. En Navidad aparecen hombres
mayores o alejados de sus seres queridos; en Año Nuevo, desde principio de año
saben con quiénes se van a encontrar.
-El gay es muy ácido. Es irónico. El
gay lleva todo al extremo.
Las bromas disfrazan
la ironía así como el lobo se viste de oveja. Ambos ocultan la verdad. Quizás
uno sea más notable que otro, pero en un diálogo entre homosexuales siempre se
redobla la apuesta. Ironía va, broma viene. Cada vez son más pesadas. “El que
se enoja, pierde”.
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Pablo “La Dama”
Fernández es un hombre de unos setenta y largos años. Desde muy joven asumió su
homosexualidad y nunca tuvo problema en demostrarlo. Siempre le gustó
maquillarse con pestañas postizas y todo. Los zapatos de taco aguja eran
infaltables en su uniforme. Se contoneaba por los pasillos mostrando sus
piernas arrugadas, trepado a esos 15cm de rouge y juntando sus pectorales
simulando pechos mientras repetía su apodo. Creaba sus desfiles a gusto, pero
su pasarela favorita estaba en la terraza: una especie de rejilla en relieve de
unos 2mts. por 50cm. Ahí, hasta veía a su público aplaudiendo de pie.
Si era a la tarde le tocaba a Daniel tener que rogarle
que se bajara, a la mañana o a la noche ya era tarea de otros. La seguridad de
los invitados es primordial para Lugar Gay, y los palitos de crochet que La
Dama llevaba en los talones amagaban con enamorarse cada vez más de los
espacios vacíos del andamio. La divinidad y el glamour no evitarían que los
huesos casi ochentosos rompan su estructura.
Pablo siempre fue un fiel cliente del hotel, al mismo
tiempo, siempre le gustaron las excentricidades. Hasta hace un año estaba
casado con Martín, unos quince años menor que él. Martín no era de maquillarse
ni ponerse zapatos de mujer, aunque sí era muy disperso. La Dama, a pesar de
ser travestidamente divertido, es intolerante con sus pertenencias. La
desaparición de sus pastillas para dormir fue motivo suficiente de divorcio.
Torbellinos de palabras subidas de tono arrasaban el edificio. Cinturones,
camisas, calzoncillos, pantalones, zapatos llovían sobre la calle Defensa y
coronaban los autos estacionados. Había un balcón interno, sí; pero, según
Daniel, “si la hace un gay, la hace con brillos y todo. El gay es dramático”.
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Lucas conocía su
condición sexual desde hacía ya unos años, antes de contarlo en su casa. Su
experiencia no se hizo esperar. Activaba su radar en busca de nuevas presas. Pasaba
las noches porteñas en HUMAN para conseguir un compañero de habitación
momentáneo, aunque las reglas del hotel interrumpieron su plan. Las personas
ajenas al hotel no pueden pasar la noche en la residencia. Intentó vanamente en
más de una ocasión. No hubo forma de burlar la astucia del encargado nocturno.
A pesar de sus
tentativas fallidas, el que busca, encuentra; y el checo de 22 años se dejó
hallar. Cenek estaba llegando al final de su mes de hospedaje. No hablaba
inglés ni español, sólo su idioma natal. Sin embargo, eso no impedía que se
integrara en las salidas y las fiestas. Un viernes, después de la Fiesta Plop –la
fiesta gay friendly del barrio de Colegiales lleno de bailarines y transformistas
que buscan entretener al público-, Lucas y Cenek trasnocharon en uno de los
cuartos del segundo piso. Problema: ducha compartida. Al mediodía siguiente no faltaron las quejas
por el preservativo usado sobre los
azulejos del piso. Daniel se equipó con guantes de látex y se enfrentó al
profiláctico. “Anoche tuve acción”, se regocijaba Lucas.
Sin ser suficiente
el llamado de atención, el incidente se repitió.
-¿No te bancás una broma?
Dos se pasaron por
alto; la tercera es la vencida. Con el forro entre los guantes, Daniel entró en
la habitación del tucumano aprovechando que estaba dormido. Media hora después,
Lucas se despertaba con un alarido furioso y asqueado por lo que había
encontrado en su cuello.
El romance con el
checo no pudo durar mucho tiempo. Al extranjero le gustaba mucho el alcohol y los fines de semana
eran un problema. Los metros de escalera se volvían peligrosas odiseas extremas
para quienes tenían la vista borrosa y perdían gran parte de su capacidad
motriz, y Lugar Gay se veía atentado en cuanto a la seguridad. Razón por la
cual, hubo que pedirle que se vaya.
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La política del hotel es muy
clara cuando de respeto se trata. No es novedad que dentro de la comunidad hay
muchos que no se han animado a hacer pública su orientación sexual. Que lleguen
al hotel no quiere decir que se los pueda encontrar agitando los brazos en la
marcha por el orgullo gay. Algunos se acercan a las puertas del edificio
mientras vacilan un buen rato en tocar el timbre. Mientras tanto, Daniel espera
por el monitor a que tomen coraje y así poder atenderlos. En casos como estos,
la discreción por parte de los empleados alcanza su punto máximo. El cuidado
del cliente es menester y se apela a la contención.
Asimismo, ellos
también exigen respeto. Al momento de reservar una habitación compartida está
prohibido pautar requisitos físicos. Frases como: -quiero un rubio de ojos celestes como compañero-, quedan fuera del
vocabulario del hotel. Es importante evitar todo tipo de discriminación entre
los mismos integrantes de un grupo que suele estar acostumbrada a la
marginación social. El simple comentario que se asemeje a una situación
parecida a ésta es disparador para no llevar a cabo el alojamiento de esa
persona. “Nosotros vendemos camas, no somos una agencia matrimonial”.
La popularidad de
San Telmo y su tradicionalidad no fluctúan. Sigue siendo elegido por porteños,
extranjeros, caminantes, pasajeros y agencias publicitarias. Defensa al 1100
fue la elección de Falabella en más de una oportunidad para sus comerciales.
Sus representantes no imaginan el arcoíris de tela colgando de una casa
saliendo por la tele con el nombre de sus productos, por lo que se toman el
trabajo y el atrevimiento de contratar una grúa, subir unos metros y
descolgarla por sus propios medios. La repetición de este hecho ha sido tal que
ya es la policía quien interviene en busca de una solución. “Lo único que
tienen que hacer es tocar el timbre y pedirlo. No les vamos a decir que no”.
*********
Octubre estaba
llegando a su fin, al igual que la estadía de Lucas en Lugar Gay. El día
anterior a su regreso a Tucumán estaba en el balcón decorado por la bandera haciendo las paces
con Daniel respecto de sus pequeños chascos de látex. “QUEMÁ ESA BANDERA”, se
escucha desde abajo. Daniel tira un besito y saluda con la mano.
-Hay gente que pasa y dice esas
cosas. Yo los miro desde acá arriba. No me voy a molestar por eso. La bandera
va a seguir estando. A veces tocan el timbre para opinar de política o religión;
acá no les damos bola, no nos interesa. Una vez vinieron unos evangelistas para
sacarnos del pecado y el error; como no tenía nada que hacer, bajé a
escucharlos.
Eran
las siete de la tarde y la última picada de Lucas esperaba en la cocina junto a
los otros huéspedes. El paraíso gay estaba llegando a su fin, y él todavía
tenía que decirle a su madre si había disfrutado de su experiencia homosexual,
si era lo que “realmente quería”. El veredicto final había sido alcanzado hace
unos tres años atrás, pero Lucas estaba convencido de que le diría a su familia
que necesita de otra experiencia como esta para poder llegar a una conclusión.
miércoles, 16 de octubre de 2013
Un hippie no tan hippie
Es un día de semana cerca de las 9 o
9.30hs, cuando el despertador de Fabián Levin lo obliga a abrir los ojos y
despojarse de sus sábanas. El venezolano no necesita mucho tiempo para
preparase. Lo más importante es envolver con mucho cuidado sus cuadros, cajas
y, próximamente, imanes para luego acomodar los bultos en su mochila de
montaña. Saluda a Tomás, Marshall y Lucy; sus gatos, prácticamente hijos que lo
acompañan por todas las habitaciones de su casa.
Es menester llegar cerca de las 10am para
encontrarse con su lugar libre, sólo para él. Bolsillo sellado, bolso cargado y
pies en movimiento; Fabián recorre pocas cuadras en bicicleta hasta llegar a
Perú y Av. de Mayo.
Estaciona su vehículo a cortos metros
y lleva la mochila justo al lado del puesto de diarios que, cuando hace frío,
suele resguardarlo del viento. Puede llegar primero, segundo o tercero; esos
son los puestos disponibles para los artesanos que, normalmente, ya tienen su
pequeña pyme ubicada en un lugar antes acordado.
Lo primero en descontracturarse de
los bultos es un pedazo de tela negra que servirá de mesa, mantel y mostrador
para exhibir sus obras de arte a pequeña escala. En segundo lugar son las
bolsas y toallas las que se asoman. En su interior se esconden cuadros, mini atriles
y cajas de madera bañados en abundantes colores dispuestos de y en diversas
formas; todo dibujado y pintado con lápiz en mano. Uno a uno se posan sobre el
negro, llamando la atención de los cuerpos movilizados que se toman un instante
para admirar el trazo que proviene de Maracaibo. La calle pierde sus tonos
apagados.
Los dos compañeros de trabajo pocas
veces varían. El más constante es Álvaro, un tucumano con descendencia indígena
que, sin una mano, crea alhajas tejidas al estilo del macramé para venderlas
junto con
*************
Con 24 años y disconforme con
distintos aspectos de su ciudad natal, hace tres años que Fabián reside en la Ciudad
de Buenos Aires, habiéndola elegido por los familiares que habitan ahí.
Sentado junto a sus diseños, toma en
sus manos una caja de madera alargada y repleta de colores. Al abrirla se ve
perfectamente la multitud de lápices y sus tonalidades. Envuelve sus dedos con
cinta de papel “para que no salgan cayos”, agarra una tableta de madera con un
boceto ya hecho, elige un color, lo prueba en la tapa de la caja y empieza a
pintar. Él habla. No despega la vista de su trabajo. La concentración no se
pierde.
Mientras tanto, yo miro pasar a las
grandes masas de gente. Algunos pasan de largo; otros miran de reojo; y unos
pocos se detienen a observar, se estancan un rato. Fabián sigue pintando,
levanta la mirada y vuelve a lo suyo. A veces preguntan, en ocasiones no emiten
sonido.
-
¿No
saludás?
-
Antes
lo hacía, ahora ya no. No siempre responden. Hasta que ellos no lo hagan, yo
tampoco.
Resalta que en Buenos Aires “hay todo
para todos” y desmiente lo que se conoce como “estereotipo porteño”; no todos caminan
acelerados, perdidos en su espacio.
-
Los
porteños tienen una mentalidad abierta; vemos de todo. Hay mucho intercambio
cultural.
De todos modos, “hay mucha
discriminación racial. Yo no por los genes”. Flaco, alto, pelo rubión, de ojos
castaños y tez pálida. Los alelos argentinos de su papá habían triunfado en la
lucha por la concepción.
(Hay que ir a buscar agua para el
mate. Como soy la invitada, me corresponde a mí; al igual que cebar y
repartir).
Prefiere la vida en Argentina. En
Maracaibo “es imposible andar por la calle. Es peligroso en todo momento del
día”. La inseguridad era un tema constante, además de los problemas económicos,
políticos y sociales. Los lugares para relajarse escaseaban; chavistas ocupaban
las emisoras de radio, escuelas y tomaban puestos de trabajo ya asignados; la
comida era muy cara, las provisiones en los supermercados desaparecían durante
varios meses; no tenía posibilidad de independización económica; a las doce de
la noche los semáforos dejaban de funcionar; quien robaba podía ser el mismo
que tomara la denuncia (como fue el caso
de su tía). Estaba todo muy politizado; “a mí no me interesa la política”.
*************
El venezolano se recibió de psicólogo
antes de mudarse a América del Sur. Nunca le interesó ejercer como tal. “Quería
estudiar algo en lo que le pudiera discutir al profesor”.
Vivió en San Telmo, Montserrat y,
ahora, Balvanera. Sus compañeros de alquiler fueron variando así como sus
trabajos. Menos de cuatro meses son los que lleva como artesano. Empezó
haciendo comidas en su departamento para luego venderlas, hasta que consiguió
trabajo de mozo. Los trabajos rotativos empezaban a incomodarle. Sentía que la
rutina lo esclavizaba.
(Mientras hablamos una mujer se
acerca a los cuadros y pregunta: “How much is it?”, a lo que Fabián responde
con un perfecto inglés, explicando todos los detalles).
-
Para
pagar el alquiler, los cuatro tenemos que poner $1800 cada uno.
-
¿Llegás
a pagar vendiendo acá?
-
Nunca
tuve problema. Como máximo me puedo atrasar uno o dos días, no más que eso.
Estoy tranquilo porque tengo que cobrar una indemnización, si no, no estaría
tan tranquilo.
-
¿Indemnización?
¿Por qué?
-
Accidente
de trabajo.
Una rodilla rota camino al trabajo
fue suficiente para tener que cobrar $45000 y tomar una licencia de siete meses
hasta la operación. Tiempo que lo llamó a reflexionar acerca de su vida laboral.
Un amigo le comentó sobre unas
ceremonias con plantas medicinales y captó su atención. Viajó a Mar del Plata
donde formó parte de un ritual con ayahuasca, cuyo objetivo es la sanación
física, mental y espiritual. Notó un
cambio en su forma de pensar. Empezó a tener más conciencia sobre ciertos
aspectos de su vida; principalmente, el laburo y el consumo de la marihuana.
-
Fumé
porro durante 9 años. Sembré también; tenía mis plantas. Fue suficiente tiempo.
No me beneficiaba en nada. Al contrario, me perjudicaba. Fumaba por vicio o
costumbre en todo momento. A la mañana antes de trabajar, cuando salía, antes
de dormir; todo el tiempo. Me daba hambre, tenía sueño y me faltaba energía. Me
agarró paranoia, me encerraba.
-
¿Te
costó dejarlo?
-
No.
Una vez que se recuperó de su rodilla,
aguantó sólo dos meses antes de abandonar su trabajo. Sus viajes continuaron.
Llegó a Perú y se albergó en la selva, realizó baños de plantas y las tomó en
té. Cuanto más amarga, mejor es la medicina.
Así conoció a Álvaro. Él era guía en
sus ceremonias y Fabián asistió a más de una.
(Agarra una pipa artesanal decorada
con piedras y plumas de chimango y cotorra, le pone tabaco, lo enciende y
empieza a fumar).
-
Para
asistir a las ceremonias hay que hacer dieta.
-
¿Cómo
dieta?
-
Sí.
No lácteos, no droga, no alcohol, no harina, no carne roja, no sexo. ¿Sí me
entiendes? Para mí es fácil. No me drogo, no tomo alcohol y soy vegetariano.
(“¿Podés tirar el humo para arriba?”,
pregunto. “Me estoy limpiando”, es su respuesta al mismo tiempo que lo expulsa
dentro de sus ropas. El tabaco purifica tanto interna como externamente).
-
¿Cómo
empezaste a hacer todo esto?
-
Con
esta caja (en la que guarda sus lápices).
La usaba para guardar las plumas de mi pipa. No me gustaba como estaba. La
dibujé y la pinté. Un amigo la vio y me propuso que vendiera cosas así, y como
conocía a Álvaro, pude hacerlo acá. Lo que más me gusta dibujar son animales. Me
fijo en las fotos para copiar las proporciones. Si me piden que haga un dibujo
en especial, también lo hago.
El lápiz se detiene. Falta poco para
las 6pm, su empresa debe empezar a cerrar. Yo mantengo la mirada en uno de sus
cuadros. “Si tiene que ser tuyo, será tuyo. Todos tienen un dueño, sólo falta
que aparezca”. Mientras saca las bolsas y las toallas de su mochila, lo saludo.
Él me abraza para despedirme y me agradece los mates. El cuadro me mira. Tengo
que volver rápido a casa y continuar con mis tareas. Ese cuadro sigue ahí.
Cuando está por guardarlo le pido que me lo cuide. “Si tiene que ser tuyo, será
tuyo”, repite. Lo observo mientras me alejo. Es sorprendente la forma en que estos
artistas pueden ganarse la vida rompiendo las barreras de la rutina porteña. No
es necesario tener puesto un traje.miércoles, 28 de agosto de 2013
Te amo, pasajero.
“¿Tanta gente tenía que haber en la fila? Definitivamente no
me voy a sentar”, pensaba ella mientras esperaba, con el fin de evitar recordar
el sospechoso mensaje que había visto en el celular de su marido. “De Ali”. Se
colaba en sus pensamientos como quien empieza a acercarse al colectivo apenas
lo ve asomarse para subir primero.
-¡Al fin! Ahí viene-. Con la tarjeta SUBE en mano y los ojos
en el suelo trepa los escalones y saca el boleto sin atreverse a levantar la
mirada. Sólo pudo encontrar un lugarcito que parecía haber estado esperándola en
la parte que está reservada para las sillas de ruedas, justo al lado del caño
que le permitiría sostenerse y apoyar la cabeza mientras anhelaba perderse
entre la gente.
Por la ventanilla se veía “Rivadavia 6900” y la parada en
Plaza Flores estaba a pocos metros, los suficientes como para plantearse si verdaderamente
era feliz, si en realidad lo amaba, quién era la autora de esos caracteres.
Contrariamente a sus neuronas, el transporte se detuvo. Los nuevos acompañantes
de pocos kilómetros comienzan a subir pero ella no repara en ninguno.
Sorpresivamente, una mano busca sostén en su mismo lugar provocando despertarla
de su trance. Observa detenidamente a su
dueña que estaba rosándola con su cuerpo por acción de la enorme masa encerrada
en la lata de cuatro ruedas.
Inmediatamente pierde noción del tiempo, del lugar, mientras
su mundo se transforma en esa mujer prácticamente esbelta de largos y lacios
cabellos negros. Sin parpadear y sin quitarle sus ojos de encima, la ve
alejarse hacia el fondo al mismo tiempo que el resto de la multitud la absorbía
hasta hacerla desaparecer.
Sin percatarse por cuánto, permaneció atónita, con sus
sentidos fijos en ese tumulto sin color. Nunca logró saber si sus miradas se
encontraron o no, pero había una gran certeza: por un instante se había
olvidado de Ali.
domingo, 25 de agosto de 2013
Ansiosa dependencia.
Ella esperaba ansiosa ver que la luz verde la llamara.
Miraba fijo, casi como queriendo controlar con la mente la aparición de ese
destello. No podía prestar atención a otra cosa que no fuese su celular. Tenía
cosas que hacer, sí; pero no importaba. Sólo se distraía por momentos para
recordar aquella noche en un bar de San Telmo en el que la había empezado a
enganchar. Sólo un encuentro fue suficiente. Nunca supo (y es hasta el día de
hoy que no sabe) qué carajo era lo que tenía él que le llamaba tanto la
atención. Bohemio, sátrapa, fumador compulsivo, desarreglado, ropas
avejentadas, algún que otro aire de ganador y por si fuera poco la doblaba en
edad, padre de un nene de 10 años. Pero eso sí, era músico compositor y pasaba
largas horas con una computadora cerca en caso de que las estrofas de la
inspiración se deletrearan en sus sienes. Sabía qué decir, y cuándo decirlo. ¡Ay!
¿Por qué tuvo que darle un beso esa noche? Lo que más bronca le daba era el
haber ido con la idea de no darle bola. Pero la agarró desprevenida.
A veces creía que esa capacidad de expresarse en palabras
era lo que la atrapaba, pero de inmediato sabía reconocerse demasiado
inteligente como para caer en ese juego insignificante. Aunque…
¡Luz verde! Parpadeó una, dos, tres veces para asegurarse de
que no sea producto de sus pretensiones. Aún sin poder creerlo, efectivamente
estaba ahí, intermitente, pidiéndole que se acercara. Respiró profundo y lo
agarró con inseguridad. Desbloqueó la pantalla con miedo. Falsa alarma. Era una
puta notificación de Facebook avisándole que la invitaban a un evento que a
ella como de costumbre le chupaba un huevo.
Perdió toda esperanza. Se sentía estúpida malgastando el
tiempo en cosas como ésa. Hacía mucho que no sonreía pensando en alguien, y
esta vez fue una de tantas. Bajó la mirada, meditó un rato, dejó el celular
sobre su escritorio y caminó fuera de la habitación. Tenía que volver al
colegio.
viernes, 23 de agosto de 2013
Su obra.
Su mirada parecía estar completamente perdida; sin embargo,
estaba fija en un único punto que se movía sin descanso a través de la ventana.
Rutina era para él; una rutina de lunes, miércoles y viernes. Pero simbolizaba
una monotonía de la cual disfrutar.
Tres días a la semana, un poco menos de dos horas de
observación de seis a siete y media de la tarde, sentado en el banco de
enfrente en una de las tantas calles de Buenos Aires; él contemplaba
atentamente sus movimientos. Por momentos etéreos, a veces bruscos y otros
frustrados. Pero a él todos les resultaban hermosos, dignos de su más preciada
admiración. La observaba de arriba abajo y se detenía en cada detalle: su
rodete, bien tirante y lleno de horquillas dejaba al descubierto su rostro
pálido y aterciopelado, sus ojos concentrados y su sonrisita picarona; la maya
al cuerpo envolviendo su figura poco definida y el pollerín que bailaba al
compás de sus movimientos; sus manos parecían moverse en círculos simultáneos y
a veces des-
Muy pocas eran las veces que la veía distraerse para
encontrarle la mirada y luego volver a su pequeño escenario. Necesitaba saber
que él, su público, aún estaba ahí cuidándola, y eso lo inundaba de paz, saber
que al menos algo había hecho bien. Tenía una perfecta creación, no podría
haber sido mejor. Ella era su mayor obra de arte.Una carrera por Florida.
Dejando Perú atrás y atravesando Rivadavia, se asoma la calle Florida. Una larga pasarela gris, exclusiva para aquellos que no cuentan con el posible infortunio de tener un auto, extendida hasta la Av. del Libertador, donde los kioscos, bares, galerías y demás comercios abren sus puertas y ventanas para los viajeros de distancias cortas y alguno que otro de grandes trayectos.Esta Embajada del Barroco moderno en el Centro de la Ciudad de Buenos Aires nos obliga a apresurar el paso, dejando a nuestras espaldas casi sin mirar aquello que teníamos delante de nuestras narices.
Nos dan la bienvenida los artistas callejeros y sus breves esculturas; lo único estático y atemporal del lugar. Algunos descalzos, otros en ojotas o zapatillas miran esperanzados a los corredores aficionados que escapan de su edificio para comprar comida o tomar el subte. Cada uno tiene su espacio hasta la Av. Corrientes, improvisadas formaciones comúnmente acordadas por un contrato sin tinta; su pequeña gran empresa que rompe la monotonía de grises y marrones.
Entre lonas, papeles, bicicletas, zapatos, pies descalzos y mesas de campañas electorales, la ciudad se convierte en verdaderas montañas de concreto y hormigón y pasto de cemento prácticamente impenetrables; demandando el aprendizaje inmediato de la destreza física suficiente como para quebrantar manadas o esquivar cuerpos totalmente decididos a llevarte por delante.
Con gran luminosidad de día y ceguera oscuridad de noche, cualquiera que no conoce Florida diría que son dos lugares distintos, pero lo que nos brinda esta abrupta ruptura no es sólo lo que se ve. Las numerosas multitudes individuales junto al sonido de sus pasos continuos y las bestias de hierro en todos los tamaños y sus bocinas marcan el paso rutinario del día. El olor no difiere al del que cualquier porteño está acostumbrado: el sofocante dióxido de carbono tan arraigado que se hace imposible reconocer, el calor de las figuras humanas y el abundante perfume de una que otra señora dispuesta a conquistar bañan las veredas.
En esta calle la gente tiene ojos, pero, como el ciego que pide limosna en la boca del subte, no ve; tiene boca, pero no habla como las máquinas, a no ser que sea para insultar un predecible choque entre los autos de carrera de carne y hueso; tiene cuerpo, pero no lo controlan como las marionetas de los artesanos.
Es un reflejo de la vida en el Centro, en la ciudad, en Buenos Aires.
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