Su mirada parecía estar completamente perdida; sin embargo,
estaba fija en un único punto que se movía sin descanso a través de la ventana.
Rutina era para él; una rutina de lunes, miércoles y viernes. Pero simbolizaba
una monotonía de la cual disfrutar.
Tres días a la semana, un poco menos de dos horas de
observación de seis a siete y media de la tarde, sentado en el banco de
enfrente en una de las tantas calles de Buenos Aires; él contemplaba
atentamente sus movimientos. Por momentos etéreos, a veces bruscos y otros
frustrados. Pero a él todos les resultaban hermosos, dignos de su más preciada
admiración. La observaba de arriba abajo y se detenía en cada detalle: su
rodete, bien tirante y lleno de horquillas dejaba al descubierto su rostro
pálido y aterciopelado, sus ojos concentrados y su sonrisita picarona; la maya
al cuerpo envolviendo su figura poco definida y el pollerín que bailaba al
compás de sus movimientos; sus manos parecían moverse en círculos simultáneos y
a veces des-
Muy pocas eran las veces que la veía distraerse para
encontrarle la mirada y luego volver a su pequeño escenario. Necesitaba saber
que él, su público, aún estaba ahí cuidándola, y eso lo inundaba de paz, saber
que al menos algo había hecho bien. Tenía una perfecta creación, no podría
haber sido mejor. Ella era su mayor obra de arte.
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