viernes, 23 de agosto de 2013

Su obra.

Su mirada parecía estar completamente perdida; sin embargo, estaba fija en un único punto que se movía sin descanso a través de la ventana. Rutina era para él; una rutina de lunes, miércoles y viernes. Pero simbolizaba una monotonía de la cual disfrutar.

Tres días a la semana, un poco menos de dos horas de observación de seis a siete y media de la tarde, sentado en el banco de enfrente en una de las tantas calles de Buenos Aires; él contemplaba atentamente sus movimientos. Por momentos etéreos, a veces bruscos y otros frustrados. Pero a él todos les resultaban hermosos, dignos de su más preciada admiración. La observaba de arriba abajo y se detenía en cada detalle: su rodete, bien tirante y lleno de horquillas dejaba al descubierto su rostro pálido y aterciopelado, sus ojos concentrados y su sonrisita picarona; la maya al cuerpo envolviendo su figura poco definida y el pollerín que bailaba al compás de sus movimientos; sus manos parecían moverse en círculos simultáneos y a veces des-coordinados, pero que sólo alimentaban el brillo de los ojos en los que se proyectaba su reflejo; y por último, sus piernas de corto kilometraje, que junto a sus pies de algodón danzando alegres estaban revestidos de cuerina rosa.

Muy pocas eran las veces que la veía distraerse para encontrarle la mirada y luego volver a su pequeño escenario. Necesitaba saber que él, su público, aún estaba ahí cuidándola, y eso lo inundaba de paz, saber que al menos algo había hecho bien. Tenía una perfecta creación, no podría haber sido mejor. Ella era su mayor obra de arte.

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