miércoles, 28 de agosto de 2013

Te amo, pasajero.

“¿Tanta gente tenía que haber en la fila? Definitivamente no me voy a sentar”, pensaba ella mientras esperaba, con el fin de evitar recordar el sospechoso mensaje que había visto en el celular de su marido. “De Ali”. Se colaba en sus pensamientos como quien empieza a acercarse al colectivo apenas lo ve asomarse para subir primero.

-¡Al fin! Ahí viene-. Con la tarjeta SUBE en mano y los ojos en el suelo trepa los escalones y saca el boleto sin atreverse a levantar la mirada. Sólo pudo encontrar un lugarcito que parecía haber estado esperándola en la parte que está reservada para las sillas de ruedas, justo al lado del caño que le permitiría sostenerse y apoyar la cabeza mientras anhelaba perderse entre la gente.

Por la ventanilla se veía “Rivadavia 6900” y la parada en Plaza Flores estaba a pocos metros, los suficientes como para plantearse si verdaderamente era feliz, si en realidad lo amaba, quién era la autora de esos caracteres. Contrariamente a sus neuronas, el transporte se detuvo. Los nuevos acompañantes de pocos kilómetros comienzan a subir pero ella no repara en ninguno. Sorpresivamente, una mano busca sostén en su mismo lugar provocando despertarla de su trance. Observa detenidamente a su dueña que estaba rosándola con su cuerpo por acción de la enorme masa encerrada en la lata de cuatro ruedas.

Inmediatamente pierde noción del tiempo, del lugar, mientras su mundo se transforma en esa mujer prácticamente esbelta de largos y lacios cabellos negros. Sin parpadear y sin quitarle sus ojos de encima, la ve alejarse hacia el fondo al mismo tiempo que el resto de la multitud la absorbía hasta hacerla desaparecer.

Sin percatarse por cuánto, permaneció atónita, con sus sentidos fijos en ese tumulto sin color. Nunca logró saber si sus miradas se encontraron o no, pero había una gran certeza: por un instante se había olvidado de Ali.

domingo, 25 de agosto de 2013

Ansiosa dependencia.

Ella esperaba ansiosa ver que la luz verde la llamara. Miraba fijo, casi como queriendo controlar con la mente la aparición de ese destello. No podía prestar atención a otra cosa que no fuese su celular. Tenía cosas que hacer, sí; pero no importaba. Sólo se distraía por momentos para recordar aquella noche en un bar de San Telmo en el que la había empezado a enganchar. Sólo un encuentro fue suficiente. Nunca supo (y es hasta el día de hoy que no sabe) qué carajo era lo que tenía él que le llamaba tanto la atención. Bohemio, sátrapa, fumador compulsivo, desarreglado, ropas avejentadas, algún que otro aire de ganador y por si fuera poco la doblaba en edad, padre de un nene de 10 años. Pero eso sí, era músico compositor y pasaba largas horas con una computadora cerca en caso de que las estrofas de la inspiración se deletrearan en sus sienes. Sabía qué decir, y cuándo decirlo. ¡Ay! ¿Por qué tuvo que darle un beso esa noche? Lo que más bronca le daba era el haber ido con la idea de no darle bola. Pero la agarró desprevenida.

A veces creía que esa capacidad de expresarse en palabras era lo que la atrapaba, pero de inmediato sabía reconocerse demasiado inteligente como para caer en ese juego insignificante. Aunque…

¡Luz verde! Parpadeó una, dos, tres veces para asegurarse de que no sea producto de sus pretensiones. Aún sin poder creerlo, efectivamente estaba ahí, intermitente, pidiéndole que se acercara. Respiró profundo y lo agarró con inseguridad. Desbloqueó la pantalla con miedo. Falsa alarma. Era una puta notificación de Facebook avisándole que la invitaban a un evento que a ella como de costumbre le chupaba un huevo.

Perdió toda esperanza. Se sentía estúpida malgastando el tiempo en cosas como ésa. Hacía mucho que no sonreía pensando en alguien, y esta vez fue una de tantas. Bajó la mirada, meditó un rato, dejó el celular sobre su escritorio y caminó fuera de la habitación. Tenía que volver al colegio.

viernes, 23 de agosto de 2013

Su obra.

Su mirada parecía estar completamente perdida; sin embargo, estaba fija en un único punto que se movía sin descanso a través de la ventana. Rutina era para él; una rutina de lunes, miércoles y viernes. Pero simbolizaba una monotonía de la cual disfrutar.

Tres días a la semana, un poco menos de dos horas de observación de seis a siete y media de la tarde, sentado en el banco de enfrente en una de las tantas calles de Buenos Aires; él contemplaba atentamente sus movimientos. Por momentos etéreos, a veces bruscos y otros frustrados. Pero a él todos les resultaban hermosos, dignos de su más preciada admiración. La observaba de arriba abajo y se detenía en cada detalle: su rodete, bien tirante y lleno de horquillas dejaba al descubierto su rostro pálido y aterciopelado, sus ojos concentrados y su sonrisita picarona; la maya al cuerpo envolviendo su figura poco definida y el pollerín que bailaba al compás de sus movimientos; sus manos parecían moverse en círculos simultáneos y a veces des-coordinados, pero que sólo alimentaban el brillo de los ojos en los que se proyectaba su reflejo; y por último, sus piernas de corto kilometraje, que junto a sus pies de algodón danzando alegres estaban revestidos de cuerina rosa.

Muy pocas eran las veces que la veía distraerse para encontrarle la mirada y luego volver a su pequeño escenario. Necesitaba saber que él, su público, aún estaba ahí cuidándola, y eso lo inundaba de paz, saber que al menos algo había hecho bien. Tenía una perfecta creación, no podría haber sido mejor. Ella era su mayor obra de arte.

Una carrera por Florida.

Dejando Perú atrás y atravesando Rivadavia, se asoma la calle Florida. Una larga pasarela gris, exclusiva para aquellos que no cuentan con el posible infortunio de tener un auto, extendida hasta la Av. del Libertador, donde los kioscos, bares, galerías y demás comercios abren sus puertas y ventanas para los viajeros de distancias cortas y alguno que otro de grandes trayectos.

Esta Embajada del Barroco moderno en el Centro de la Ciudad de Buenos Aires nos obliga a apresurar el paso, dejando a nuestras espaldas casi sin mirar aquello que teníamos delante de nuestras narices.

Nos dan la bienvenida los artistas callejeros y sus breves esculturas; lo único estático y atemporal del lugar. Algunos descalzos, otros en ojotas o zapatillas miran esperanzados a los corredores aficionados que escapan de su edificio para comprar comida o tomar el subte. Cada uno tiene su espacio hasta la Av. Corrientes, improvisadas formaciones comúnmente acordadas por un contrato sin tinta; su pequeña gran empresa que rompe la monotonía de grises y marrones.

Entre lonas, papeles, bicicletas, zapatos, pies descalzos y mesas de campañas electorales, la ciudad se convierte en verdaderas montañas de concreto y hormigón y pasto de cemento prácticamente impenetrables; demandando el aprendizaje inmediato de la destreza física suficiente como para quebrantar manadas o esquivar cuerpos totalmente decididos a llevarte por delante.

Con gran luminosidad de día y ceguera oscuridad de noche, cualquiera que no conoce Florida diría que son dos lugares distintos, pero lo que nos brinda esta abrupta ruptura no es sólo lo que se ve. Las numerosas multitudes individuales junto al sonido de sus pasos continuos y las bestias de hierro en todos los tamaños y sus bocinas marcan el paso rutinario del día. El olor no difiere al del que cualquier porteño está acostumbrado: el sofocante dióxido de carbono tan arraigado que se hace imposible reconocer, el calor de las figuras humanas y el abundante perfume de una que otra señora dispuesta a conquistar bañan las veredas.

En esta calle la gente tiene ojos, pero, como el ciego que pide limosna en la boca del subte, no ve; tiene boca, pero no habla como las máquinas, a no ser que sea para insultar un predecible choque entre los autos de carrera de carne y hueso; tiene cuerpo, pero no lo controlan como las marionetas de los artesanos.

Es un reflejo de la vida en el Centro, en la ciudad, en Buenos Aires.