“¿Tanta gente tenía que haber en la fila? Definitivamente no
me voy a sentar”, pensaba ella mientras esperaba, con el fin de evitar recordar
el sospechoso mensaje que había visto en el celular de su marido. “De Ali”. Se
colaba en sus pensamientos como quien empieza a acercarse al colectivo apenas
lo ve asomarse para subir primero.
-¡Al fin! Ahí viene-. Con la tarjeta SUBE en mano y los ojos
en el suelo trepa los escalones y saca el boleto sin atreverse a levantar la
mirada. Sólo pudo encontrar un lugarcito que parecía haber estado esperándola en
la parte que está reservada para las sillas de ruedas, justo al lado del caño
que le permitiría sostenerse y apoyar la cabeza mientras anhelaba perderse
entre la gente.
Por la ventanilla se veía “Rivadavia 6900” y la parada en
Plaza Flores estaba a pocos metros, los suficientes como para plantearse si verdaderamente
era feliz, si en realidad lo amaba, quién era la autora de esos caracteres.
Contrariamente a sus neuronas, el transporte se detuvo. Los nuevos acompañantes
de pocos kilómetros comienzan a subir pero ella no repara en ninguno.
Sorpresivamente, una mano busca sostén en su mismo lugar provocando despertarla
de su trance. Observa detenidamente a su
dueña que estaba rosándola con su cuerpo por acción de la enorme masa encerrada
en la lata de cuatro ruedas.
Inmediatamente pierde noción del tiempo, del lugar, mientras
su mundo se transforma en esa mujer prácticamente esbelta de largos y lacios
cabellos negros. Sin parpadear y sin quitarle sus ojos de encima, la ve
alejarse hacia el fondo al mismo tiempo que el resto de la multitud la absorbía
hasta hacerla desaparecer.
Sin percatarse por cuánto, permaneció atónita, con sus
sentidos fijos en ese tumulto sin color. Nunca logró saber si sus miradas se
encontraron o no, pero había una gran certeza: por un instante se había
olvidado de Ali.
No hay comentarios:
Publicar un comentario