domingo, 25 de agosto de 2013

Ansiosa dependencia.

Ella esperaba ansiosa ver que la luz verde la llamara. Miraba fijo, casi como queriendo controlar con la mente la aparición de ese destello. No podía prestar atención a otra cosa que no fuese su celular. Tenía cosas que hacer, sí; pero no importaba. Sólo se distraía por momentos para recordar aquella noche en un bar de San Telmo en el que la había empezado a enganchar. Sólo un encuentro fue suficiente. Nunca supo (y es hasta el día de hoy que no sabe) qué carajo era lo que tenía él que le llamaba tanto la atención. Bohemio, sátrapa, fumador compulsivo, desarreglado, ropas avejentadas, algún que otro aire de ganador y por si fuera poco la doblaba en edad, padre de un nene de 10 años. Pero eso sí, era músico compositor y pasaba largas horas con una computadora cerca en caso de que las estrofas de la inspiración se deletrearan en sus sienes. Sabía qué decir, y cuándo decirlo. ¡Ay! ¿Por qué tuvo que darle un beso esa noche? Lo que más bronca le daba era el haber ido con la idea de no darle bola. Pero la agarró desprevenida.

A veces creía que esa capacidad de expresarse en palabras era lo que la atrapaba, pero de inmediato sabía reconocerse demasiado inteligente como para caer en ese juego insignificante. Aunque…

¡Luz verde! Parpadeó una, dos, tres veces para asegurarse de que no sea producto de sus pretensiones. Aún sin poder creerlo, efectivamente estaba ahí, intermitente, pidiéndole que se acercara. Respiró profundo y lo agarró con inseguridad. Desbloqueó la pantalla con miedo. Falsa alarma. Era una puta notificación de Facebook avisándole que la invitaban a un evento que a ella como de costumbre le chupaba un huevo.

Perdió toda esperanza. Se sentía estúpida malgastando el tiempo en cosas como ésa. Hacía mucho que no sonreía pensando en alguien, y esta vez fue una de tantas. Bajó la mirada, meditó un rato, dejó el celular sobre su escritorio y caminó fuera de la habitación. Tenía que volver al colegio.

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