viernes, 23 de agosto de 2013

Una carrera por Florida.

Dejando Perú atrás y atravesando Rivadavia, se asoma la calle Florida. Una larga pasarela gris, exclusiva para aquellos que no cuentan con el posible infortunio de tener un auto, extendida hasta la Av. del Libertador, donde los kioscos, bares, galerías y demás comercios abren sus puertas y ventanas para los viajeros de distancias cortas y alguno que otro de grandes trayectos.

Esta Embajada del Barroco moderno en el Centro de la Ciudad de Buenos Aires nos obliga a apresurar el paso, dejando a nuestras espaldas casi sin mirar aquello que teníamos delante de nuestras narices.

Nos dan la bienvenida los artistas callejeros y sus breves esculturas; lo único estático y atemporal del lugar. Algunos descalzos, otros en ojotas o zapatillas miran esperanzados a los corredores aficionados que escapan de su edificio para comprar comida o tomar el subte. Cada uno tiene su espacio hasta la Av. Corrientes, improvisadas formaciones comúnmente acordadas por un contrato sin tinta; su pequeña gran empresa que rompe la monotonía de grises y marrones.

Entre lonas, papeles, bicicletas, zapatos, pies descalzos y mesas de campañas electorales, la ciudad se convierte en verdaderas montañas de concreto y hormigón y pasto de cemento prácticamente impenetrables; demandando el aprendizaje inmediato de la destreza física suficiente como para quebrantar manadas o esquivar cuerpos totalmente decididos a llevarte por delante.

Con gran luminosidad de día y ceguera oscuridad de noche, cualquiera que no conoce Florida diría que son dos lugares distintos, pero lo que nos brinda esta abrupta ruptura no es sólo lo que se ve. Las numerosas multitudes individuales junto al sonido de sus pasos continuos y las bestias de hierro en todos los tamaños y sus bocinas marcan el paso rutinario del día. El olor no difiere al del que cualquier porteño está acostumbrado: el sofocante dióxido de carbono tan arraigado que se hace imposible reconocer, el calor de las figuras humanas y el abundante perfume de una que otra señora dispuesta a conquistar bañan las veredas.

En esta calle la gente tiene ojos, pero, como el ciego que pide limosna en la boca del subte, no ve; tiene boca, pero no habla como las máquinas, a no ser que sea para insultar un predecible choque entre los autos de carrera de carne y hueso; tiene cuerpo, pero no lo controlan como las marionetas de los artesanos.

Es un reflejo de la vida en el Centro, en la ciudad, en Buenos Aires.

No hay comentarios:

Publicar un comentario