miércoles, 27 de noviembre de 2013

Gay Relax

Lucas es un joven de 18 años recién alcanzados, residente en Tucumán. Dos días antes de su cumpleaños decide confesarle a su familia que es homosexual .Aún en su estado de shock, su madre le organiza un viaje “completamente gay”. Homosexualidad al mil por ciento.
Como Lucas siempre quiso conocer Buenos Aires, ése sería su destino. Lo único que había que hacer era buscar lugares gay en Google y posteriormente entrar a bagaytravel.com, hacer click en Gay Hotels y Gay Hotels Buenos Aires. Abandonando una larga lista de hoteles gay friendly, deja ver su nombre un hostel: Lugar Gay. Inconfundible, accesible, en San Telmo. Fue así que en octubre del 2013 emprendió rumbo al barrio más añejo de la Capital. Cuna de artistas, artesanos, casas de antigüedades y diferentes actividades culturales.
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“Porque ser friendly no es suficiente…” es el leitmotiv irremplazable de este hotel. Inaugurado como tal en el año 2001, anteriormente se trataba de una sociedad civil con actividades orientadas únicamente a la comunidad gay. Talleres de teatro, danza, lectura, y terapia de grupo eran algunas de las que aparecían en la agenda. Con el correr del tiempo los grupos fueron reduciendo su tamaño hasta disolverse. Era momento de encontrar una nueva función. Teniendo en cuenta la estructura, la demanda comercial, y aprovechando el movimiento turístico fue que surgió Lugar Gay.
Construido sobre Defensa al 1120 entre negocios con jarrones, adornos dorados y antiguos, con familiares de diplomáticos como vecinos; tiene su par de puertas en un color opaco y lleva la inscripción “LGY” con un triángulo multicolor sobre la última letra. Desde la calle se ven los balcones de las habitaciones repartidos en dos pisos. En uno de ellos flamea la bandera del orgullo gay.
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Una noche o veinte días son los que pueden permanecer los huéspedes. Definitivamente, serían veinte. Después de hacer la reserva telefónica, el viernes 11 de octubre a las tres y media de la tarde, Lucas estaba en la puerta de su paradero. Al tocar el timbre y esperar un minuto a recibir respuesta, puede oír -¿Hola?-. Una vez que suena la chicharra, abre la puerta. Frente a él se posan largas escaleras que doblan a la derecha y parecen no terminar. Al lado y en la mitad hay una escultura de una pareja masculina bailando, tal vez, tango.
Terminadas las escaleras se encuentra con una habitación rectangular que podría servir de living, otra escalera por la cual se sube a las habitaciones, algunas sillas y una computadora. Más atrás, la cocina/recepción. Ahí estaba Daniel, el encargado del turno tarde.
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                El hotel pretende crear un clima informal, de amistad en el que se fomente la camaradería, el encuentro y el intercambio entre todos los que comparten el hospedaje, ya sean anfitriones o huéspedes. Su propósito es recibir y albergar en la ciudad de Buenos Aires a aquellos hombres homosexuales que la visiten  por razones turísticas, de trabajo o de militancia política y social. Su capacidad es de 20 personas que se dividen en 8 habitaciones. Según la preferencia del visitante, puede ser compartida o no, con baño y ducha privada o, al igual que la anterior, compartida.
                La puerta de los cuartos no tiene número. Los residentes acostumbran a llamarse por su lugar de procedencia. Cuenta con desayuno, internet, picada todos los días a las siete de la tarde, servicio a la habitación, sábados de tango, jacuzzi al aire libre y una posibilidad abierta al nudismo. No confundir con exhibicionismo. O sea, hay una sola regla: NO TOCARSE. Llega el verano y con él la temporada alta. Se estila pasar la tarde en la terraza tomando sol sin el traje de baño. Incluso pueden ingresar invitados no hospedados para realizar esta actividad.
                Respetando la tradición, cuando aparece el calor, el asado rutinario cada 15 días arde en las brasas del último piso.
                En su generalidad, los viajeros que paran en Lugar Gay son mayores de treinta años. Aunque a veces aparecen chicos mucho más jóvenes. Daniel resalta la diferencia en la mentalidad entre las edades. “Los más grandes buscan gente con la cual divertirse, los otros son gays que vienen en plan de fiesta y joda. Buscan alcohol y la gente con la que se divierten es consecuencia de eso”.
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                Del otro lado del mostrador había dos mellizos jóvenes con una pareja heterosexual unos años mayor a ellos. El primer dúo había llegado al último día de su viaje y eran los padres quienes fueron a buscarlos. Después de contar sus aventuras y ocurrencias insistían en que los segundos se quedaran para experimentar en carne propia lo que habían vivido. Totalmente relajados, el matrimonio manifestaba su entusiasmo a la hora de satisfacer el deseo de sus hijos y fueron ellos los que empezaron a suplicar.
                Sin embargo, las reglas del hotel indican que bajo ningún punto de vista puede alojarse a una mujer. El único requisito para pasar la noche en Lugar Gay es ser hombre. “Mis dos hijos son desviados, no me asusta nada”, dice la madre. Pero el dueño es muy estricto en ese sentido. No existe punto de inflexión. Incluso le desagrada el simple hecho de que entren al edificio. Daniel cree que es una actitud descortés. Permite su ingreso y acto seguido explica el motivo por el cual no se pueden quedar. El nudismo libre en las instalaciones del hotel pretende expresar un sentimiento de libertad. La presencia de una persona del sexo opuesto puede llegar a ser motivo de inhibición e incomodidad por parte de ambos géneros. De esta forma, se optó por huéspedes de sexo masculino.
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                El dueño del hotel es un hombre entrado en años. La homosexualidad no impide la fortaleza. Fue militante de la comunidad gay en las épocas más duras para ellos. Asume su condición sexual como un estilo de vida e invierte sus fuerzas en él desde su juventud. Perseverante y firme en sus decisiones exige respeto. Él puso la bandera del orgullo gay en el balcón y él se encarga de que ahí se mantenga. Emprende viajes en los que busca nuevas ideas para su hotel. En uno de sus viajes a Polonia fue que descubrió su eslogan.
                Por otra parte, es psicólogo. En su edificio organiza grupos de ayuda para personas de la comunidad que hayan sufrido (sea cual fuere el motivo) al momento de admitir su condición sexual, y otro para mayores de cincuenta años que se hayan asumido luego de esa edad. En su mayoría, asisten hombres que han tenido conflictos en el ámbito familiar. Les brinda apoyo y contención emocional.
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                Con el correr de los días empiezan a aparecer nuevos personajes. El público del hotel cambió notablemente en los últimos dos años. Hasta entonces era muy común compartir los pasillos con europeos. Había actividades y salidas en grupo en pos de la unión. Parejas de recién casados festejaban su luna de miel. Ahora los huéspedes suelen ser estudiantes u hombres de trabajo. Las parejas están prácticamente en extinción. Cada uno pasa el tiempo en su habitación. Los pasillos se convierten en cualquier calle porteña: la gente camina una al lado de la otra, pero no se ven. Las actividades de integración perdieron su magia. Las fechas festivas conservan siempre las mismas caras. En Navidad aparecen hombres mayores o alejados de sus seres queridos; en Año Nuevo, desde principio de año saben con quiénes se van a encontrar.
                Para Daniel la convivencia en un ambiente puramente gay es tediosa.
-El gay es muy ácido. Es irónico. El gay lleva todo al extremo.
                Las bromas disfrazan la ironía así como el lobo se viste de oveja. Ambos ocultan la verdad. Quizás uno sea más notable que otro, pero en un diálogo entre homosexuales siempre se redobla la apuesta. Ironía va, broma viene. Cada vez son más pesadas. “El que se enoja, pierde”.
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                Pablo “La Dama” Fernández es un hombre de unos setenta y largos años. Desde muy joven asumió su homosexualidad y nunca tuvo problema en demostrarlo. Siempre le gustó maquillarse con pestañas postizas y todo. Los zapatos de taco aguja eran infaltables en su uniforme. Se contoneaba por los pasillos mostrando sus piernas arrugadas, trepado a esos 15cm de rouge y juntando sus pectorales simulando pechos mientras repetía su apodo. Creaba sus desfiles a gusto, pero su pasarela favorita estaba en la terraza: una especie de rejilla en relieve de unos 2mts. por 50cm. Ahí, hasta veía a su público aplaudiendo de pie.
Si era a la tarde le tocaba a Daniel tener que rogarle que se bajara, a la mañana o a la noche ya era tarea de otros. La seguridad de los invitados es primordial para Lugar Gay, y los palitos de crochet que La Dama llevaba en los talones amagaban con enamorarse cada vez más de los espacios vacíos del andamio. La divinidad y el glamour no evitarían que los huesos casi ochentosos rompan su estructura.
Pablo siempre fue un fiel cliente del hotel, al mismo tiempo, siempre le gustaron las excentricidades. Hasta hace un año estaba casado con Martín, unos quince años menor que él. Martín no era de maquillarse ni ponerse zapatos de mujer, aunque sí era muy disperso. La Dama, a pesar de ser travestidamente divertido, es intolerante con sus pertenencias. La desaparición de sus pastillas para dormir fue motivo suficiente de divorcio. Torbellinos de palabras subidas de tono arrasaban el edificio. Cinturones, camisas, calzoncillos, pantalones, zapatos llovían sobre la calle Defensa y coronaban los autos estacionados. Había un balcón interno, sí; pero, según Daniel, “si la hace un gay, la hace con brillos y todo. El gay es dramático”.
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                Lucas conocía su condición sexual desde hacía ya unos años, antes de contarlo en su casa. Su experiencia no se hizo esperar. Activaba su radar en busca de nuevas presas. Pasaba las noches porteñas en HUMAN para conseguir un compañero de habitación momentáneo, aunque las reglas del hotel interrumpieron su plan. Las personas ajenas al hotel no pueden pasar la noche en la residencia. Intentó vanamente en más de una ocasión. No hubo forma de burlar la astucia del encargado nocturno.
                A pesar de sus tentativas fallidas, el que busca, encuentra; y el checo de 22 años se dejó hallar. Cenek estaba llegando al final de su mes de hospedaje. No hablaba inglés ni español, sólo su idioma natal. Sin embargo, eso no impedía que se integrara en las salidas y las fiestas. Un viernes, después de la Fiesta Plop –la fiesta gay friendly del barrio de Colegiales lleno de bailarines y transformistas que buscan entretener al público-, Lucas y Cenek trasnocharon en uno de los cuartos del segundo piso. Problema: ducha compartida.  Al mediodía siguiente no faltaron las quejas por el preservativo usado  sobre los azulejos del piso. Daniel se equipó con guantes de látex y se enfrentó al profiláctico. “Anoche tuve acción”, se regocijaba Lucas.
                Sin ser suficiente el llamado de atención, el incidente se repitió.
-¿No te bancás una broma?
                Dos se pasaron por alto; la tercera es la vencida. Con el forro entre los guantes, Daniel entró en la habitación del tucumano aprovechando que estaba dormido. Media hora después, Lucas se despertaba con un alarido furioso y asqueado por lo que había encontrado en su cuello.
                El romance con el checo no pudo durar mucho tiempo. Al extranjero le  gustaba mucho el alcohol y los fines de semana eran un problema. Los metros de escalera se volvían peligrosas odiseas extremas para quienes tenían la vista borrosa y perdían gran parte de su capacidad motriz, y Lugar Gay se veía atentado en cuanto a la seguridad. Razón por la cual, hubo que pedirle que se vaya.
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                La política del hotel es muy clara cuando de respeto se trata. No es novedad que dentro de la comunidad hay muchos que no se han animado a hacer pública su orientación sexual. Que lleguen al hotel no quiere decir que se los pueda encontrar agitando los brazos en la marcha por el orgullo gay. Algunos se acercan a las puertas del edificio mientras vacilan un buen rato en tocar el timbre. Mientras tanto, Daniel espera por el monitor a que tomen coraje y así poder atenderlos. En casos como estos, la discreción por parte de los empleados alcanza su punto máximo. El cuidado del cliente es menester y se apela a la contención.
                Asimismo, ellos también exigen respeto. Al momento de reservar una habitación compartida está prohibido pautar requisitos físicos. Frases como: -quiero un rubio de ojos celestes como compañero-, quedan fuera del vocabulario del hotel. Es importante evitar todo tipo de discriminación entre los mismos integrantes de un grupo que suele estar acostumbrada a la marginación social. El simple comentario que se asemeje a una situación parecida a ésta es disparador para no llevar a cabo el alojamiento de esa persona. “Nosotros vendemos camas, no somos una agencia matrimonial”.
                La popularidad de San Telmo y su tradicionalidad no fluctúan. Sigue siendo elegido por porteños, extranjeros, caminantes, pasajeros y agencias publicitarias. Defensa al 1100 fue la elección de Falabella en más de una oportunidad para sus comerciales. Sus representantes no imaginan el arcoíris de tela colgando de una casa saliendo por la tele con el nombre de sus productos, por lo que se toman el trabajo y el atrevimiento de contratar una grúa, subir unos metros y descolgarla por sus propios medios. La repetición de este hecho ha sido tal que ya es la policía quien interviene en busca de una solución. “Lo único que tienen que hacer es tocar el timbre y pedirlo. No les vamos a decir que no”.
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                Octubre estaba llegando a su fin, al igual que la estadía de Lucas en Lugar Gay. El día anterior a su regreso a Tucumán estaba en el balcón  decorado por la bandera haciendo las paces con Daniel respecto de sus pequeños chascos de látex. “QUEMÁ ESA BANDERA”, se escucha desde abajo. Daniel tira un besito y saluda con la mano.
-Hay gente que pasa y dice esas cosas. Yo los miro desde acá arriba. No me voy a molestar por eso. La bandera va a seguir estando. A veces tocan el timbre para opinar de política o religión; acá no les damos bola, no nos interesa. Una vez vinieron unos evangelistas para sacarnos del pecado y el error; como no tenía nada que hacer, bajé a escucharlos.

                Eran las siete de la tarde y la última picada de Lucas esperaba en la cocina junto a los otros huéspedes. El paraíso gay estaba llegando a su fin, y él todavía tenía que decirle a su madre si había disfrutado de su experiencia homosexual, si era lo que “realmente quería”. El veredicto final había sido alcanzado hace unos tres años atrás, pero Lucas estaba convencido de que le diría a su familia que necesita de otra experiencia como esta para poder llegar a una conclusión.

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