Es un día de semana cerca de las 9 o
9.30hs, cuando el despertador de Fabián Levin lo obliga a abrir los ojos y
despojarse de sus sábanas. El venezolano no necesita mucho tiempo para
preparase. Lo más importante es envolver con mucho cuidado sus cuadros, cajas
y, próximamente, imanes para luego acomodar los bultos en su mochila de
montaña. Saluda a Tomás, Marshall y Lucy; sus gatos, prácticamente hijos que lo
acompañan por todas las habitaciones de su casa.
Es menester llegar cerca de las 10am para
encontrarse con su lugar libre, sólo para él. Bolsillo sellado, bolso cargado y
pies en movimiento; Fabián recorre pocas cuadras en bicicleta hasta llegar a
Perú y Av. de Mayo.
Estaciona su vehículo a cortos metros
y lleva la mochila justo al lado del puesto de diarios que, cuando hace frío,
suele resguardarlo del viento. Puede llegar primero, segundo o tercero; esos
son los puestos disponibles para los artesanos que, normalmente, ya tienen su
pequeña pyme ubicada en un lugar antes acordado.
Lo primero en descontracturarse de
los bultos es un pedazo de tela negra que servirá de mesa, mantel y mostrador
para exhibir sus obras de arte a pequeña escala. En segundo lugar son las
bolsas y toallas las que se asoman. En su interior se esconden cuadros, mini atriles
y cajas de madera bañados en abundantes colores dispuestos de y en diversas
formas; todo dibujado y pintado con lápiz en mano. Uno a uno se posan sobre el
negro, llamando la atención de los cuerpos movilizados que se toman un instante
para admirar el trazo que proviene de Maracaibo. La calle pierde sus tonos
apagados.
Los dos compañeros de trabajo pocas
veces varían. El más constante es Álvaro, un tucumano con descendencia indígena
que, sin una mano, crea alhajas tejidas al estilo del macramé para venderlas
junto con
*************
Con 24 años y disconforme con
distintos aspectos de su ciudad natal, hace tres años que Fabián reside en la Ciudad
de Buenos Aires, habiéndola elegido por los familiares que habitan ahí.
Sentado junto a sus diseños, toma en
sus manos una caja de madera alargada y repleta de colores. Al abrirla se ve
perfectamente la multitud de lápices y sus tonalidades. Envuelve sus dedos con
cinta de papel “para que no salgan cayos”, agarra una tableta de madera con un
boceto ya hecho, elige un color, lo prueba en la tapa de la caja y empieza a
pintar. Él habla. No despega la vista de su trabajo. La concentración no se
pierde.
Mientras tanto, yo miro pasar a las
grandes masas de gente. Algunos pasan de largo; otros miran de reojo; y unos
pocos se detienen a observar, se estancan un rato. Fabián sigue pintando,
levanta la mirada y vuelve a lo suyo. A veces preguntan, en ocasiones no emiten
sonido.
-
¿No
saludás?
-
Antes
lo hacía, ahora ya no. No siempre responden. Hasta que ellos no lo hagan, yo
tampoco.
Resalta que en Buenos Aires “hay todo
para todos” y desmiente lo que se conoce como “estereotipo porteño”; no todos caminan
acelerados, perdidos en su espacio.
-
Los
porteños tienen una mentalidad abierta; vemos de todo. Hay mucho intercambio
cultural.
De todos modos, “hay mucha
discriminación racial. Yo no por los genes”. Flaco, alto, pelo rubión, de ojos
castaños y tez pálida. Los alelos argentinos de su papá habían triunfado en la
lucha por la concepción.
(Hay que ir a buscar agua para el
mate. Como soy la invitada, me corresponde a mí; al igual que cebar y
repartir).
Prefiere la vida en Argentina. En
Maracaibo “es imposible andar por la calle. Es peligroso en todo momento del
día”. La inseguridad era un tema constante, además de los problemas económicos,
políticos y sociales. Los lugares para relajarse escaseaban; chavistas ocupaban
las emisoras de radio, escuelas y tomaban puestos de trabajo ya asignados; la
comida era muy cara, las provisiones en los supermercados desaparecían durante
varios meses; no tenía posibilidad de independización económica; a las doce de
la noche los semáforos dejaban de funcionar; quien robaba podía ser el mismo
que tomara la denuncia (como fue el caso
de su tía). Estaba todo muy politizado; “a mí no me interesa la política”.
*************
El venezolano se recibió de psicólogo
antes de mudarse a América del Sur. Nunca le interesó ejercer como tal. “Quería
estudiar algo en lo que le pudiera discutir al profesor”.
Vivió en San Telmo, Montserrat y,
ahora, Balvanera. Sus compañeros de alquiler fueron variando así como sus
trabajos. Menos de cuatro meses son los que lleva como artesano. Empezó
haciendo comidas en su departamento para luego venderlas, hasta que consiguió
trabajo de mozo. Los trabajos rotativos empezaban a incomodarle. Sentía que la
rutina lo esclavizaba.
(Mientras hablamos una mujer se
acerca a los cuadros y pregunta: “How much is it?”, a lo que Fabián responde
con un perfecto inglés, explicando todos los detalles).
-
Para
pagar el alquiler, los cuatro tenemos que poner $1800 cada uno.
-
¿Llegás
a pagar vendiendo acá?
-
Nunca
tuve problema. Como máximo me puedo atrasar uno o dos días, no más que eso.
Estoy tranquilo porque tengo que cobrar una indemnización, si no, no estaría
tan tranquilo.
-
¿Indemnización?
¿Por qué?
-
Accidente
de trabajo.
Una rodilla rota camino al trabajo
fue suficiente para tener que cobrar $45000 y tomar una licencia de siete meses
hasta la operación. Tiempo que lo llamó a reflexionar acerca de su vida laboral.
Un amigo le comentó sobre unas
ceremonias con plantas medicinales y captó su atención. Viajó a Mar del Plata
donde formó parte de un ritual con ayahuasca, cuyo objetivo es la sanación
física, mental y espiritual. Notó un
cambio en su forma de pensar. Empezó a tener más conciencia sobre ciertos
aspectos de su vida; principalmente, el laburo y el consumo de la marihuana.
-
Fumé
porro durante 9 años. Sembré también; tenía mis plantas. Fue suficiente tiempo.
No me beneficiaba en nada. Al contrario, me perjudicaba. Fumaba por vicio o
costumbre en todo momento. A la mañana antes de trabajar, cuando salía, antes
de dormir; todo el tiempo. Me daba hambre, tenía sueño y me faltaba energía. Me
agarró paranoia, me encerraba.
-
¿Te
costó dejarlo?
-
No.
Una vez que se recuperó de su rodilla,
aguantó sólo dos meses antes de abandonar su trabajo. Sus viajes continuaron.
Llegó a Perú y se albergó en la selva, realizó baños de plantas y las tomó en
té. Cuanto más amarga, mejor es la medicina.
Así conoció a Álvaro. Él era guía en
sus ceremonias y Fabián asistió a más de una.
(Agarra una pipa artesanal decorada
con piedras y plumas de chimango y cotorra, le pone tabaco, lo enciende y
empieza a fumar).
-
Para
asistir a las ceremonias hay que hacer dieta.
-
¿Cómo
dieta?
-
Sí.
No lácteos, no droga, no alcohol, no harina, no carne roja, no sexo. ¿Sí me
entiendes? Para mí es fácil. No me drogo, no tomo alcohol y soy vegetariano.
(“¿Podés tirar el humo para arriba?”,
pregunto. “Me estoy limpiando”, es su respuesta al mismo tiempo que lo expulsa
dentro de sus ropas. El tabaco purifica tanto interna como externamente).
-
¿Cómo
empezaste a hacer todo esto?
-
Con
esta caja (en la que guarda sus lápices).
La usaba para guardar las plumas de mi pipa. No me gustaba como estaba. La
dibujé y la pinté. Un amigo la vio y me propuso que vendiera cosas así, y como
conocía a Álvaro, pude hacerlo acá. Lo que más me gusta dibujar son animales. Me
fijo en las fotos para copiar las proporciones. Si me piden que haga un dibujo
en especial, también lo hago.
El lápiz se detiene. Falta poco para
las 6pm, su empresa debe empezar a cerrar. Yo mantengo la mirada en uno de sus
cuadros. “Si tiene que ser tuyo, será tuyo. Todos tienen un dueño, sólo falta
que aparezca”. Mientras saca las bolsas y las toallas de su mochila, lo saludo.
Él me abraza para despedirme y me agradece los mates. El cuadro me mira. Tengo
que volver rápido a casa y continuar con mis tareas. Ese cuadro sigue ahí.
Cuando está por guardarlo le pido que me lo cuide. “Si tiene que ser tuyo, será
tuyo”, repite. Lo observo mientras me alejo. Es sorprendente la forma en que estos
artistas pueden ganarse la vida rompiendo las barreras de la rutina porteña. No
es necesario tener puesto un traje.
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