domingo, 14 de septiembre de 2014

Vida y obra no autorizada de Augusta Bracknell. Autobiografía

No me reconozco como una persona acostumbrada a estas expresiones. Naturalmente pensaría en alguien más artístico y patético, sin conocimiento de las buenas costumbres; pero ya no lo resisto y el tormento no parece querer abandonarme. La soledad está empecinada en llamar a los recuerdos y el espanto me invade. Aunque persista en intentar… Resulta irónico que estar sola me traiga las más desagradables compañías.

No hay jornada en la que las calles del frío Londres no me refrieguen mis harapos y mi rostro infantil, con cabellos enmarañados, cubierto de tierra. Lejos de cesar, cada avance hace la imagen más nítida. A veces hasta escucho mi estómago implorando un poco de pan y la voz de mi madre pidiendo asquerosas limosnas. Es detestable. Una simple brisa me trae los peores de los inviernos callejeros. Las lágrimas y mucosa congeladas; el olor a los desperdicios de comida que ni siquiera un perro bastardo y famélico se animaría a probar, el silencio ensordecedor que no nos permitía pensar ni hablar. Todo esto es tan cercano, pero intocable. ¡Gracias a Dios! Aunque no puedo asegurar reencontrarme con él de un modo mucho más real.

¿Y si alguna vez vuelvo a toparme con esa bajeza humana? ¿Y si alguien de mi familia lo hiciera? No sería capaz de aparecer en público otra vez. Preferiría permanecer escondida y morir de hambre antes de que mis relaciones me vean así. Eso quedó en un pasado distante. ¡Benditos sean los Bracknell por librarnos a mí y mi pobre hermana de esta miseria! De no haber querido robar su cesta de pan, nunca se habrían apiadado de nosotras. Ya para ese entonces del todo huérfanas, su bondad nos adoptó y alejó de la vergüenza. Ambas pudimos ser capaces de contraer matrimonio en la buena vida. Yo con su hijo, y ella con su hasta entonces honorable amigo Mr. Moncrieff. Había algo oscuro en él, pero al menos fue capaz de alejarla de todo aquello. ¿Nuestro apellido? ¡Ni muerta! Gracias a las ventajas del paso del tiempo, ha desaparecido de mi consciente por completo. Aunque, lamentablemente, no puedo afirmar lo mismo respecto a lo demás.

Todo en mi vida iba bien. Todo. Hasta que esa maldita educadora de Prism se marchó con mi sobrino mayor. Mi desdichada hermana no pudo soportar perder a su primogénito, y su último aliento desapareció con él. Desde ese entonces le temo a mis vivencias pasadas. De algún modo, este hecho trajo consigo la proyección de aquello que había olvidado. Fue embarazoso haber permitido la desaparición de un eslabón de nuestra sangre.

En aquel instante juré ante Dios y a mí misma que nadie que esté emparentado conmigo conseguiría acercarse a la desgracia de ser señalado por alguien superior a ellos. Juré que no permitiría que haya alguien superior a nosotros.

Un tiempo después, no sólo debía hacerme cargo de mi hija Güendolin, sino también de mi sobrino Archi. Él no me preocupa tanto como ella. Confío en que Archi encontrará a una muchacha condesciende para él. Pero Güendolin es una niña muy ingenua e inmadura. Aún no sabe lo que es bueno para ella. A veces siento que no puedo sacarle los ojos de encima. Pareciera que en más de una oportunidad está por arruinar todo lo que construí para su bienestar. Ése tal Ernesto Worthing no me agrada en lo más mínimo. Estoy segura de que empujará a mi niña a aquello que no me atrevo a repetir en voz alta. No confío en él. Hay algo en sí mismo que me resulta sospechoso. Su imagen ayuda a remontarme al pasado. Debo evitar que Güendolin lo vea y conseguir un mejor pretendiente para ella. Alguien digno de su estatus social. Alguien que no le permita acercarse a las calles. Alguien que mantenga nuestra decencia.

No es una tarea fácil. Incluso menos de lo que creí. Pero estoy dispuesta a hacer lo necesario y dar todo de mí. No volveré; ninguno de nosotros lo hará. Es más que una promesa.


Ahora debo dejar de hacer esto antes de que se me vuelva un hábito. Suficiente tengo con mis memorias como para continuar alimentándolas. Iré a buscar mi paraguas para dar un paseo por el jardín. Mis arreglos florales siempre me han tranquilizado.