No me
reconozco como una persona acostumbrada a estas expresiones. Naturalmente
pensaría en alguien más artístico y patético, sin conocimiento de las buenas
costumbres; pero ya no lo resisto y el tormento no parece querer abandonarme.
La soledad está empecinada en llamar a los recuerdos y el espanto me invade.
Aunque persista en intentar… Resulta irónico que estar sola me traiga las más
desagradables compañías.
No hay
jornada en la que las calles del frío Londres no me refrieguen mis harapos y mi
rostro infantil, con cabellos enmarañados, cubierto de tierra. Lejos de cesar,
cada avance hace la imagen más nítida. A veces hasta escucho mi estómago
implorando un poco de pan y la voz de mi madre pidiendo asquerosas limosnas. Es
detestable. Una simple brisa me trae los peores de los inviernos callejeros.
Las lágrimas y mucosa congeladas; el olor a los desperdicios de comida que ni
siquiera un perro bastardo y famélico se animaría a probar, el silencio
ensordecedor que no nos permitía pensar ni hablar. Todo esto es tan cercano,
pero intocable. ¡Gracias a Dios! Aunque no puedo asegurar reencontrarme con él
de un modo mucho más real.
¿Y si alguna
vez vuelvo a toparme con esa bajeza humana? ¿Y si alguien de mi familia lo
hiciera? No sería capaz de aparecer en público otra vez. Preferiría permanecer
escondida y morir de hambre antes de que mis relaciones me vean así. Eso quedó
en un pasado distante. ¡Benditos sean los Bracknell por librarnos a mí y mi
pobre hermana de esta miseria! De no haber querido robar su cesta de pan, nunca
se habrían apiadado de nosotras. Ya para ese entonces del todo huérfanas, su
bondad nos adoptó y alejó de la vergüenza. Ambas pudimos ser capaces de contraer
matrimonio en la buena vida. Yo con su hijo, y ella con su hasta entonces honorable
amigo Mr. Moncrieff. Había algo oscuro en él, pero al menos fue capaz de
alejarla de todo aquello. ¿Nuestro apellido? ¡Ni muerta! Gracias a las ventajas
del paso del tiempo, ha desaparecido de mi consciente por completo. Aunque,
lamentablemente, no puedo afirmar lo mismo respecto a lo demás.
Todo en mi
vida iba bien. Todo. Hasta que esa maldita educadora de Prism se marchó con mi
sobrino mayor. Mi desdichada hermana no pudo soportar perder a su primogénito,
y su último aliento desapareció con él. Desde ese entonces le temo a mis
vivencias pasadas. De algún modo, este hecho trajo consigo la proyección de
aquello que había olvidado. Fue embarazoso haber permitido la desaparición de
un eslabón de nuestra sangre.
En aquel
instante juré ante Dios y a mí misma que nadie que esté emparentado conmigo
conseguiría acercarse a la desgracia de ser señalado por alguien superior a
ellos. Juré que no permitiría que haya alguien superior a nosotros.
Un tiempo
después, no sólo debía hacerme cargo de mi hija Güendolin, sino también de mi
sobrino Archi. Él no me preocupa tanto como ella. Confío en que Archi encontrará
a una muchacha condesciende para él. Pero Güendolin es una niña muy ingenua e
inmadura. Aún no sabe lo que es bueno para ella. A veces siento que no puedo
sacarle los ojos de encima. Pareciera que en más de una oportunidad está por
arruinar todo lo que construí para su bienestar. Ése tal Ernesto Worthing no me
agrada en lo más mínimo. Estoy segura de que empujará a mi niña a aquello que
no me atrevo a repetir en voz alta. No confío en él. Hay algo en sí mismo que
me resulta sospechoso. Su imagen ayuda a remontarme al pasado. Debo evitar que
Güendolin lo vea y conseguir un mejor pretendiente para ella. Alguien digno de
su estatus social. Alguien que no le permita acercarse a las calles. Alguien
que mantenga nuestra decencia.
No es una
tarea fácil. Incluso menos de lo que creí. Pero estoy dispuesta a hacer lo
necesario y dar todo de mí. No volveré; ninguno de nosotros lo hará. Es más que
una promesa.
Ahora debo
dejar de hacer esto antes de que se me vuelva un hábito. Suficiente tengo con
mis memorias como para continuar alimentándolas. Iré a buscar mi paraguas para
dar un paseo por el jardín. Mis arreglos florales siempre me han tranquilizado.
No hay comentarios:
Publicar un comentario